«Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste; cada día he sido escarnecido, cada cual se burla de mí. Porque cuantas veces hablo, doy voces, grito: Violencia y destrucción; porque la palabra de Jehová me ha sido para afrenta y escarnio cada día. Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude.» Jeremías 20:7-9
En momentos de prueba, muchos de nosotros hemos sentido la presión de rendirnos, tal como lo experimentó el profeta Jeremías. A pesar de su fidelidad a Dios, fue menospreciado y ridiculizado por quienes lo rodeaban. El dolor y la frustración lo llevaron a querer renunciar al llamado que Dios le había dado. Sin embargo, dentro de su corazón ardía un fuego que no podía ignorar: el fuego de la palabra de Dios y Su presencia inquebrantable.
Este mismo fuego es el que hoy nos impulsa a no rendirnos cuando las circunstancias parecen abrumadoras. Al igual que Jeremías, enfrentamos desafíos, enfermedades, conflictos familiares, burlas y menosprecio. A veces, el peso de las cargas emocionales y espirituales nos lleva a pensar que no podemos seguir adelante. Sin embargo, dentro de nosotros habita el Espíritu Santo, quien nos recuerda que no estamos solos y que nuestras decisiones no solo nos afectan a nosotros, sino también a quienes nos rodean.
Cuando pensamos en rendirnos, debemos recordar que nuestra lucha tiene un propósito mayor. Al igual que Nehemías le recordó al pueblo que peleaban por sus familias (Nehemías 4:13-14), nosotros también debemos pelear por aquellos a quienes amamos. Nuestra decisión de seguir adelante tiene un impacto en nuestros hijos, nuestra iglesia y aquellos que miran nuestra vida como un testimonio de la fidelidad de Dios.
Además, Jesús nos invita a llevar nuestras cargas a Él (Mateo 11:28). Si nos sentimos abrumados, Él es nuestro refugio y descanso. En lugar de ceder a la presión de las dificultades, debemos acudir a Dios, entregarle nuestras preocupaciones y dejar que Su paz, que sobrepasa todo entendimiento, llene nuestros corazones.
Finalmente, debemos recordar que no somos los únicos que enfrentamos pruebas. Muchos hermanos y hermanas en Cristo alrededor del mundo luchan contra adversidades aún mayores, pero continúan firmes en la fe. Como nos recuerda 1 Pedro 5:8-9, debemos resistir al enemigo y permanecer fuertes en nuestra confianza en Dios.
Oración:
Señor, en medio de mis pruebas y dificultades, reconozco que a veces siento el peso del desánimo y el deseo de rendirme. Sin embargo, te doy gracias porque dentro de mí hay un fuego que no se apaga, un recordatorio constante de Tu presencia y amor. Te pido que me des fuerzas para seguir adelante, confiando en que mis decisiones afectan no solo mi vida, sino también la vida de aquellos que me rodean. Ayúdame a poner mis cargas en Tus manos y a recibir la paz que solo Tú puedes darme. Fortaléceme para resistir y perseverar en la fe, sabiendo que Tú siempre estás conmigo. Amén.
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