CUANDO EL TIEMPO LLAMA A LA PUERTA

“Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos…”
(Eclesiastés 12:1)

La vida pasa rápido. Y aunque en nuestra juventud sentimos que el tiempo está de nuestro lado, el reloj nunca se detiene. El capítulo 12 de Eclesiastés nos presenta un retrato conmovedor y poético del envejecimiento. Salomón, sabio entre los sabios, nos habla de los “días malos”, no por ser malos moralmente, sino porque la vejez trae consigo limitaciones físicas, dolores, nostalgia… y, sobre todo, la cercanía de la eternidad.

Esta reflexión nos invita a prepararnos hoy para ese momento inevitable: cuando los años nos alcancen.


I. Que el agradecimiento supere la nostalgia

“Porque ha engrandecido sobre nosotros su misericordia, y la fidelidad de Jehová es para siempre”
(Salmo 117:2)

El paso de los años no debería traer amargura ni quejas, sino un corazón agradecido por la fidelidad de Dios. A lo largo de la vida, Él ha sido constante, incluso cuando nosotros no lo fuimos. Recordar Su misericordia nos da razones para alabar, no para lamentar.

Aplicación: Al mirar atrás, enfócate más en las huellas de la gracia divina que en los errores del pasado. Da gracias por cada etapa vivida, porque en todas, Dios estuvo presente.


II. Que la fe gobierne nuestros temores

“Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado…”
(Salmo 37:25)

Uno de los temores más profundos en la vejez es el abandono. Pero el Dios que te sostuvo desde el vientre, promete también sostenerte hasta las canas (Isaías 46:4). Su promesa es firme: “No te dejaré ni te desampararé” (Deuteronomio 31:8).

Aplicación: En lugar de angustiarte por el mañana, recuerda quién ha sido tu proveedor y protector todos estos años. La vejez no es el final, es una etapa de confianza renovada.


III. Renueva tus fuerzas en Dios cada día

“Aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior… se renueva de día en día”
(2 Corintios 4:16)

El cuerpo envejece, pero el alma se fortalece en la presencia de Dios. El valor y el propósito no terminan con la juventud. En Dios, aún en la vejez hay sueños que cumplir, sabiduría que compartir, almas que alcanzar.

Aplicación: No te rindas ni permitas que el cansancio robe tu esperanza. Dios no te ha quitado años, te está preparando para una nueva temporada de impacto y servicio.


IV. Ten asegurado tu destino eterno

“Pronto pasan [los años], y volamos”
(Salmo 90:10)

La muerte no es el final, sino el principio de la eternidad. ¿A dónde volaremos cuando llegue la hora? Cristo ya pagó el boleto en la cruz. Tener la seguridad de nuestra salvación es el mayor consuelo al enfrentar el ocaso de la vida.

Aplicación: Si aún no has entregado tu vida a Jesús, hazlo hoy. Que no llegue el momento de partir sin tener asegurado tu destino eterno.


Cuando los años nos alcancen, que nos encuentren firmes en la fe, llenos de gratitud, confiados en la provisión divina, y renovados cada día en la esperanza de la eternidad. La vida es breve, pero en Cristo es plena y con propósito hasta el último respiro.

“Y el espíritu vuelva a Dios que lo dio” (Eclesiastés 12:7)

ORACIÓN: Señor amado, gracias por acompañarnos en cada etapa de nuestra vida. Hoy reconocemos que los años pueden desgastar nuestro cuerpo, pero no nuestra fe. Gracias por tu fidelidad constante, por tu cuidado amoroso desde el vientre hasta las canas. Ayúdanos a vivir con gratitud, a caminar cada día en tu fuerza y a confiar plenamente en tus promesas. Que cuando lleguen los días difíciles, podamos mirarte con esperanza y paz, sabiendo que tú nunca nos dejarás. Y si aún no te hemos recibido como Salvador, que hoy sea el día de nuestra decisión eterna. En el nombre de Jesús, amén.

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