LA LEPRA DE UZÍAS – EL PELIGRO DEL ORGULLO

2 Crónicas 26:3-5
«De dieciséis años era Uzías cuando comenzó a reinar, y cincuenta y dos años reinó en Jerusalén. El nombre de su madre fue Jecolías, de Jerusalén. E hizo lo recto ante los ojos de Jehová, conforme a todas las cosas que había hecho Amasías su padre. Y persistía en buscar a Dios en los días de Zacarías, entendido en visiones de Dios; y en estos días en que buscó a Jehová, él le prosperó.»

La historia del rey Uzías nos muestra el peligro de permitir que las bendiciones de Dios llenen nuestro corazón de orgullo. Uzías comenzó su reinado de manera ejemplar, buscando al Señor con todo su corazón. Dios lo prosperó, le dio victorias sobre sus enemigos y lo bendijo abundantemente. Sin embargo, cuando Uzías se volvió fuerte y poderoso, su corazón se enalteció, lo que lo llevó a cometer un grave error que lo marcó para siempre.


1) CUANDO EL ORGULLO SE APODERA DEL CORAZÓN

2 Crónicas 26:16
«Mas cuando ya era fuerte, su corazón se enalteció para su ruina; porque se rebeló contra Jehová su Dios, entrando en el templo de Jehová para quemar incienso en el altar del incienso.»

Uzías comenzó dependiendo de Dios, pero cuando su fama y poder aumentaron, su corazón se llenó de soberbia. Ya no sintió la necesidad de someterse a la voluntad de Dios ni de respetar los límites establecidos por Él. Su orgullo lo llevó a entrar en el templo para ofrecer incienso, algo que solo los sacerdotes tenían permitido hacer.

Este es un recordatorio para nosotros: cuando Dios nos bendice y prospera, no debemos olvidar que todo lo que tenemos proviene de Él. Si permitimos que el orgullo nos domine, podríamos caer en el error de pensar que no necesitamos la dirección de Dios o que podemos actuar sin considerar su voluntad.


2) LAS CONSECUENCIAS DE LA SOBERBIA

2 Crónicas 26:19-21
«Entonces Uzías, teniendo en la mano un incensario para ofrecer incienso, se llenó de ira; y en su ira contra los sacerdotes, la lepra le brotó en la frente, delante de los sacerdotes en la casa de Jehová, junto al altar del incienso. Y le miró el sumo sacerdote Azarías, y todos los sacerdotes, y he aquí la lepra estaba en su frente; y le hicieron salir apresuradamente de aquel lugar; y él también se dio prisa a salir, porque Jehová lo había herido.»

Dios no ignoró la actitud de Uzías. En el mismo instante en que desobedeció y se enojó contra los sacerdotes, la lepra brotó en su frente. La lepra en la Biblia representa el juicio de Dios y Uzías quedó marcado por su pecado el resto de su vida. Fue separado de la comunidad y tuvo que vivir aislado hasta su muerte.

Esto nos muestra que la soberbia no solo nos aleja de Dios, sino que también trae consecuencias a nuestra vida. Muchas veces, el orgullo nos hace sentir que estamos por encima de los demás, pero tarde o temprano, ese corazón altivo nos llevará a la caída.


3) MANTENIENDO UN CORAZÓN HUMILDE

Deuteronomio 8:11-14
«Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy; no suceda que comas y te sacies, y edifiques buenas casas en que habites, y tus vacas y tus ovejas se aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieres se aumente; y se enorgullezca tu corazón, y te olvides de Jehová tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto, de casa de servidumbre.»

Dios nos llama a ser agradecidos y humildes. No podemos permitir que las bendiciones se conviertan en una razón para olvidarnos de Quién nos las ha dado. La clave para evitar el error de Uzías es recordar siempre que sin Dios no somos nada y que toda la gloria le pertenece a Él.


Oración:

Señor, gracias por todas las bendiciones que has derramado sobre mi vida. Ayúdame a mantener siempre un corazón humilde y agradecido, recordando que todo lo que tengo proviene de Ti. No permitas que el orgullo o la soberbia me alejen de Tu presencia. Enséname a depender de Ti en todo momento y a reconocer que sin Ti nada puedo hacer. En el nombre de Jesús, Amén.

APRENDIENDO DE LOS NIÑOS

En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

Mateo 18:1-3

Hemos llegado a Octubre y en este mes celebramos a los Niños y las Niñas es un mes especial dedicado a esas pequeñas personas que llenan nuestras vidas de alegría y nuestros corazones de amor. Los niños, con su inocencia y pureza, nos enseñan grandes lecciones que a menudo olvidamos al hacernos adultos.

Como padres, tenemos la responsabilidad de guiar a nuestros hijos por el camino correcto, enseñándoles lo bueno, lo justo y lo verdadero. Ellos son un reflejo de nosotros mismos: nuestra forma de hablar, actuar y vivir. Los niños absorben lo que ven en casa y en su entorno. Por eso, debemos preguntarnos: ¿Qué les estamos enseñando? ¿Qué ejemplo les estamos dando?

Sin embargo, además de ser un reflejo de nosotros, los niños también son un reflejo de Dios. En su pureza, nos muestran algo que como adultos hemos perdido: la capacidad de confiar sin reservas, amar sin condiciones y vivir sin malicia. Jesús nos enseñó que debemos volvernos como niños para entrar en el Reino de los Cielos. Pero, ¿QUE PODEMOS APRENDER DE ELLOS?

Su capacidad de creer sin cuestionar (Mateo 18:3)

Los niños tienen una fe inquebrantable. No cuestionan, simplemente creen. Esta es la misma fe que tuvimos cuando aceptamos la salvación en Cristo. Creímos sin ver, aceptamos que nuestros pecados fueron perdonados y confiamos en que al morir, iremos al cielo. Pero, ¿por qué ahora nos cuesta tanto creer que Dios puede solucionar nuestros problemas actuales o hacer un milagro en nuestras vidas? Debemos aprender de los niños y volver a tener una fe pura y sin dudas.

Su manera de relacionarse con los demás (Santiago 2:8-9)

Los niños no discriminan ni juzgan. No les importa la apariencia, la ropa, el color de piel o el estatus social. Simplemente juegan juntos. Los adultos, en cambio, hacemos acepción de personas. Pero la Biblia nos enseña que el verdadero amor no hace distinciones. Necesitamos aprender de los niños a amar sin juzgar y tratar a todos con el mismo respeto, tal como lo haría Jesús.

Su manera de mantener limpio su corazón (Hebreos 12:15)

A pesar de los regaños o conflictos, los niños continúan amando, perdonando y sonriendo. Sus corazones están libres de amargura. Los adultos, por otro lado, solemos guardar resentimiento y nos cuesta perdonar. Los niños nos enseñan el valor de un corazón limpio, sin raíces de amargura que destruyen relaciones y momentos preciosos.

Su temor a la oscuridad (Juan 3:19)

Los niños le temen a la oscuridad y buscan la compañía de alguien que los proteja. Como adultos, a veces HACEMOS LO CONTRARIO, le tememos a la luz, porque nuestras obras no son agradables a Dios. Debemos aprender de los niños a temer la oscuridad de una vida sin Dios y buscar siempre la luz de Su presencia.

Reflexión final:

Dios nos llama a aprender de los niños, a recuperar esa pureza y sencillez que teníamos cuando éramos pequeños. Que podamos imitar su fe, su amor sincero, su capacidad de perdonar y su deseo de estar siempre en la luz. Solo así podremos acercarnos más al corazón de Dios y disfrutar de una vida plena en Su presencia.

Oración: Señor, hoy te agradecemos por los niños, quienes nos enseñan tanto con su vida. Ayúdanos a tener una fe como la de ellos, a amar sin distinciones y a mantener nuestros corazones limpios de amargura. Que busquemos siempre tu luz y vivamos con la misma inocencia y confianza que un niño. Renueva en nosotros esa pureza y sencillez que tanto agrada a tu corazón. En el nombre de Jesús, amén.

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