DIOS TIENE MEJORES PLANES PARA TU VIDA

Isaías 42:1-3 He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones. 2 No gritará, ni alzará su voz, ni la hará oír en las calles. 3 No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por medio de la verdad traerá justicia.


Si hoy se nos preguntara qué pensamos sobre nosotros mismos, ¿qué responderíamos? Tristemente, muchas veces los pensamientos que albergamos sobre nuestra vida son pensamientos negativos: de menosprecio, rechazo, enojo, reproche y frustración.

¿Pero por qué tenemos estos pensamientos negativos sobre nosotros? La respuesta puede ser que:

  • Hemos tomado decisiones equivocadas en el pasado.
  • Hemos dejado pasar oportunidades valiosas.
  • Hemos desperdiciado tiempo en cosas que no nos han edificado.
  • Confiamos en personas que nos fallaron y nos lastimaron.
  • Nos apartamos de los caminos de Dios y nuestra vida espiritual se ha enfriado.

Los versículos que hemos leído nos hablan de manera profética sobre el carácter del Mesías, nuestro Señor Jesús. Aquí encontramos dos elementos que podrían reflejar nuestra condición emocional y espiritual: la caña cascada y el pábilo que humea. Estos elementos, aunque parecen débiles e inútiles, nos muestran el corazón de Dios hacia nosotros.


I) La Caña Cascada

La caña era una planta común en los ríos de Israel, apreciada por su utilidad en la fabricación de instrumentos musicales y muebles. Sin embargo, cuando la caña se volvía cascada, es decir, quebrada y gastada, ya no servía para nada. Ya no emitía un buen sonido ni podía utilizarse para crear objetos valiosos. Era vista como inservible.

Quizás hoy te sientas como una caña cascada. Tal vez te sientes agotado, cansado de luchar, desgastado por las decisiones y errores del pasado. Te preguntas si aún puede salir algo bueno de tu vida. Sin embargo, la palabra de Dios nos asegura que Él no quebrará la caña cascada. Al contrario, Él tiene planes nuevos para ti, pensamientos de paz, y un futuro lleno de esperanza.

Jeremías 29:11 nos dice: «Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis.»
Dios no te ha abandonado. A pesar de los errores y sufrimientos, Él cumplirá su propósito en tu vida (Salmo 138:8).


II) El Pábilo Que Humea

El pábilo era una mecha utilizada para iluminar las lámparas de aceite. Cuando se quedaba sin aceite, ya no emitía luz, solo humo, y lo común era apagarlo y reemplazarlo. Tal vez alguna vez fuiste una llama ardiente para Dios: tu vida espiritual estaba llena de pasión, servías con todo tu corazón, compartías el evangelio, adorabas y amabas al Señor. Pero, con el tiempo, el fuego se apagó, y hoy te encuentras como un pábilo que humea, con la sensación de que ya no hay vida en ti.

Quizás piensas que tu primer amor con Dios se ha perdido, que nunca volverás a sentir esa pasión. Pero Dios no apagará el pábilo que humea. Él restaurará tu fuego espiritual, te dará nuevas fuerzas a través del Espíritu Santo, y te ungirá con aceite fresco (Salmo 92:10). Dios quiere avivar el fuego del don que Él ha puesto en tu vida (2 Timoteo 1:6).


Dios tiene planes mejores para tu vida. Sus pensamientos hacia ti son buenos, y Él quiere hacer realidad esos planes, pero para ello es necesario que nos acerquemos a Él. La invitación es clara: Buscadme, y viviréis (Amos 5:4).

Dios no te ha olvidado. Él tiene una nueva oportunidad para ti. Aunque te sientas como una caña cascada o un pábilo que humea, Él te sostiene, te restaura y te da un futuro lleno de esperanza. ¡Acércate a Él hoy y permite que Él obre lo mejor en tu vida!


Oración :

Señor, gracias por tu amor inmenso y tu misericordia. Hoy te pido que sanes las heridas de mi corazón y me restaures como solo Tú sabes hacerlo. Aunque a veces me siento agotado y sin fuerzas, confío en que tienes planes mejores para mi vida. Dame fuerzas para seguir adelante, y aviva en mí el fuego de tu Espíritu. Ayúdame a acercarme más a Ti y a vivir en el propósito que Tú has preparado para mí. En el nombre de Jesús, amén.

LA LEY DE LA SIEMBRA Y LA COSECHA


Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre 2 Corintios 9:6-7

Comenzamos este nuevo año reflexionando sobre una verdad bíblica fundamental: la ley de la siembra y la cosecha. Esta ley no solo rige la naturaleza, sino que también tiene un profundo impacto espiritual en nuestras vidas. Lo que sembremos este año, ya sea material o espiritualmente, determinará en gran medida la cosecha que recogeremos en nuestra vida y en nuestra familia.

La ley de la siembra y la cosecha es una verdad establecida por Dios. Es eterna, inmutable y afecta tanto el ámbito natural como el espiritual. Cuando sembramos con fe y obediencia, cosechamos no solo provisión material, sino también bendiciones espirituales que enriquecen nuestra relación con el Señor.

VEAMOS ALGUNAS REFLEXIONES MUY IMPORTANTES PARA TENER UNA COSECHA DE BENDICIÓN EN EL 2025


Reflexión 1: La cosecha depende de nuestra siembra

“El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará” (2 Corintios 9:6).

En la naturaleza, entendemos que para cosechar, primero debemos sembrar. De igual manera, en el ámbito espiritual, nuestra cosecha está directamente relacionada con la calidad y cantidad de nuestra siembra:

  • Se necesita una semilla: Sin semilla, no hay cosecha. Lo mismo sucede cuando retenemos lo que Dios nos ha dado y no lo sembramos para Su Reino.
  • Se necesita un terreno adecuado: La semilla debe caer en buena tierra. Esto nos desafía a invertir en el Reino de Dios, donde nuestra siembra tiene un impacto eterno.
  • La cosecha es proporcional a la siembra: Si sembramos escasamente, nuestra cosecha será limitada, pero si sembramos con generosidad, cosecharemos abundantemente.

¿Qué cosecha puede esperar alguien que no siembra nada? Es una pregunta para reflexionar profundamente.


Reflexión 2: Sembrar en el terreno correcto

“Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” (Gálatas 6:8).

Muchos cristianos siembran abundantemente, pero en terrenos equivocados: en vanidades, vicios o relaciones dañinas. Esto trae como resultado una cosecha de frustración y corrupción. En cambio, cuando sembramos en el Reino de Dios, como dice Proverbios 3:9-10, Dios promete sobreabundancia en nuestras vidas.

Este año, haz un compromiso con Dios: siembra en Su Reino a través de tus diezmos y ofrendas. Contribuye al avance de Su obra, para que Su iglesia siga predicando el evangelio y transformando vidas.


Reflexión 3: Sembrar con constancia y fe

“Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado” (1 Corintios 16:2).

Un agricultor próspero no siembra solo una vez, sino que lo hace de manera constante. De la misma manera, nuestra fidelidad en diezmar y ofrendar debe ser una práctica constante, sin importar las circunstancias que enfrentemos.

Eclesiastés 11:4 nos advierte sobre no permitir que las dificultades nos detengan: “El que al viento observa, no sembrará; y el que mira a las nubes, no segará.” Confía en las promesas de Dios, no en tus circunstancias. Aunque en este inicio de año puedas sembrar con lágrimas, la promesa de Dios es que cosecharás con alegría (Salmo 126:5).


Oración

Señor, en este nuevo año quiero sembrar abundantemente en Tu Reino. Ayúdame a confiar en tus promesas y a no fijarme en las circunstancias. Dame un corazón generoso y constante para diezmar y ofrendar con fe. Sé que Tú harás realidad Tu palabra y que cosecharé bendiciones espirituales y materiales. Gracias por Tu fidelidad, en el nombre de Jesús. Amén.

¡PONGAMONOS A CUENTAS!

«Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta; si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.» Isaías 1:18

En este llamado lleno de gracia y misericordia, Dios nos invita a «estar a cuenta» con Él. Pero ¿qué significa esta expresión? La traducción en la Biblia Palabra de Dios para Todos nos ayuda a entenderlo mejor: «El Señor dice: ‘Vengan y arreglemos el pleito.’” En otras palabras, implica hacer las paces, arreglar las cosas, estar en paz.

Al acercarnos a un nuevo año, es vital reflexionar si hemos arreglado cuentas con tres personas clave: Dios, nuestro prójimo y nosotros mismos. De no hacerlo, podemos cargar un peso innecesario de amargura, resentimientos y falta de paz. ¿Qué podemos hacer para vivir en armonía y plenitud espiritual?

1. Pongámonos a cuentas con Dios

Dios no nos llama a aplazar esta reconciliación; Su invitación es urgente: «Venid luego.» ¿Cómo podemos estar a cuentas con Él?

a) Confesando nuestro pecado
1 Juan 1:9 nos asegura que si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonarnos. Cuando ocultamos nuestras fallas, nuestra alma se reseca y pierde vitalidad, como lo expresó David en el Salmo 32:3-5. La confesión es el primer paso hacia la restauración.

b) Arrepintiéndonos sinceramente
El arrepentimiento verdadero no solo produce tristeza por el pecado, sino un cambio genuino (2 Corintios 7:10). Es el compromiso de darle la espalda al pecado y caminar en obediencia a Dios.

c) Dejando que Dios transforme nuestra vida
En lugar de depender de nuestras propias fuerzas, confiemos en el poder de Dios para renovarnos (Salmo 51:7, 10). Él desea limpiar nuestro corazón y darnos un espíritu recto.

2. Pongámonos a cuentas con nuestro prójimo

Jesús nos exhorta en Mateo 5:25 a resolver nuestras diferencias rápidamente. Como cristianos, no podemos avanzar con pleitos y enemistades sin resolver.

La cruz de Cristo es el mayor recordatorio de reconciliación (Efesios 2:14-17). Si Dios nos perdonó, también debemos perdonar y pedir perdón. Dos acciones son esenciales:

a) Perdonar a quienes nos han ofendido
Efesios 4:32 nos llama a ser compasivos, perdonando a otros así como Dios nos perdonó.

b) Pedir perdón a quienes hemos ofendido
Jesús nos enseña en Mateo 5:23-24 que no podemos ofrecer un sacrificio agradable a Dios mientras guardemos rencor o hayamos dañado a alguien sin buscar reconciliación.

3. Pongámonos a cuentas con nosotros mismos

A veces, la persona más difícil de perdonar somos nosotros mismos. Cargamos culpas por errores pasados, oportunidades perdidas o decisiones equivocadas. Pero Dios nos ofrece una verdad liberadora: Él ya nos perdonó (Salmo 103:11-13).

¿Cómo podemos perdonarnos a nosotros mismos?

Aceptemos Su perdón. No justifiquemos el pecado, pero recibamos Su misericordia con gratitud.

Declaremos la verdad de Su gracia. A través de Su perdón, somos libres para avanzar sin cadenas de culpa ni auto-rechazo.

Dios nos invita hoy a decir: «Señor, recibo Tu perdón sobre mi vida. Reconozco que me amas y has limpiado mis errores. Por medio de Tu gracia, yo me perdono a mí mismo en el nombre del Señor.»

No entremos a un nuevo año cargados de resentimientos o culpas. Aceptemos la invitación de Dios de «arreglar las cuentas.» Estemos en paz con Él, con nuestro prójimo y con nosotros mismos. Al hacerlo, experimentaremos una libertad y un gozo que solo vienen de caminar en Su amor y gracia.

Oración:
Señor, gracias por Tu llamado a reconciliarnos Contigo. Hoy confesamos nuestros pecados y recibimos Tu perdón. Ayúdanos a perdonar a quienes nos han ofendido y a pedir perdón a quienes hemos dañado. Danos la valentía para perdonarnos a nosotros mismos y caminar en la libertad que nos has dado. Que este nuevo año sea un tiempo de paz, gozo y plenitud en Tu presencia. Amén.

¡Cuán Grande es Nuestro Dios!


«Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.»

Efesios 3:17-19


Al reflexionar en la grandeza de Dios, nos encontramos ante un amor que no tiene límites y un poder que transforma vidas. En Efesios 3:17-19, Pablo nos lleva a meditar en cuatro dimensiones que describen la obra de Dios: la anchura, la longitud, la profundidad y la altura. Estas dimensiones nos invitan a conocer más profundamente al Señor y su carácter, para que vivamos llenos de su plenitud.

1. La anchura: Un amor que abraza a todos

El amor de Dios no conoce barreras ni exclusiones. Juan 3:16 declara que «de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito». Esto significa que su amor está disponible para todos, sin importar raza, cultura, pecado o condición. No hay persona que quede fuera de su gracia.

Este amor ancho no solo abarca a los que parecen «buenos» o «dignos», sino que también incluye a los rechazados, los marginados y los que se sienten indignos. Dios desea que todos sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2:3-4).

Sin embargo, muchas veces somos nosotros, como creyentes, quienes estrechamos la anchura de este amor al rechazar a aquellos que necesitan de Dios. Necesitamos recordar que Jesús dijo: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). La anchura de su amor nos desafía a reflejar ese mismo amor hacia otros.

2. La longitud: La cercanía de un Dios siempre presente

En momentos de desesperación, parece que Dios está lejos. Sin embargo, la Escritura nos asegura que él está tan cerca como una oración sincera. No importa cuánto nos hayamos alejado, él siempre escucha el clamor de sus hijos. El salmista declara: «Tú oíste la voz de mis ruegos cuando a ti clamaba» (Salmos 31:22).

Dios es omnipresente; no hay lugar en el que podamos escapar de su amor. Salmo 139:7-10 dice que si subimos a los cielos o bajamos al Seol, él está allí. Incluso en nuestros momentos más oscuros, cuando todo parece perdido, Dios está a nuestro lado.

Esta cercanía nos invita a cultivar una vida de oración constante, confiando en que Dios no solo nos escucha, sino que también responde. Su longitud, es decir, su disposición para alcanzarnos sin importar dónde estemos, debe llenarnos de esperanza y confianza.

3. La profundidad: Un amor que rescata del abismo

Todos hemos tenido momentos en los que nos sentimos hundidos, ya sea por el peso del pecado, por problemas emocionales o por circunstancias que nos superan. Es en esos momentos cuando comprendemos la profundidad del amor de Dios, porque él desciende hasta el lugar más bajo para levantarnos.

El salmista clamó: «De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo» (Salmos 130:1). Este clamor expresa la realidad de alguien que está en el abismo de la desesperación, pero que encuentra en Dios un Salvador dispuesto a rescatarlo.

Aunque otros nos abandonen, Dios nunca nos deja. Aun cuando toquemos fondo y pensemos que no hay esperanza, Dios extiende su mano. Como dice Isaías 49:15: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz?… Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti”. La profundidad de su amor nos asegura que no hay lugar tan oscuro o profundo al que su misericordia no pueda llegar.

4. La altura: La victoria sobre cualquier circunstancia

Finalmente, la altura de Dios nos lleva a reconocer que no hay problema, crisis o dificultad que sea mayor que él. Muchas veces vemos nuestras circunstancias como gigantes imposibles de enfrentar, pero al elevar nuestra mirada a Dios, descubrimos que él es más grande que cualquier adversidad.

Jeremías 20:11 nos dice: «Mas Jehová está conmigo como poderoso gigante». Este versículo nos recuerda que Dios pelea nuestras batallas y que, en él, tenemos la victoria. Nada escapa a su poder, y no hay situación que esté fuera de su control.

Además, Dios tiene la última palabra en nuestras vidas. Mateo 28:18 afirma: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra». Esto nos da seguridad de que, aunque enfrentemos tempestades, Dios sigue siendo soberano y sus promesas nunca fallan.

Por estas cuatro dimensiones –su anchura, longitud, profundidad y altura– podemos decir con certeza: ¡Cuán grande es nuestro Dios! Él es incomparable, su amor es inmensurable, y su poder es infinito. Vivamos agradecidos y confiados en su grandeza, recordando siempre que no hay nadie como él (Éxodo 15:11).

Oración
Señor, gracias por tu inmensa grandeza y tu amor sin límites. Ayúdame a comprender más profundamente cada una de tus dimensiones: la anchura de tu gracia, la longitud de tu cercanía, la profundidad de tu misericordia y la altura de tu poder. Que mi vida sea un reflejo de tu amor y fidelidad. En el nombre de Jesús, amén.

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SIETE REFLEXIONES CORTAS PARA SANAR EL ALMA Y VIVIR EN PLENITUD

 

Durante esta semana, exploraremos cómo sanar el alma y alcanzar una vida en plenitud a través de estas siete reflexiones cortas. Cada devocional nos guiará a examinar nuestro interior, reconociendo heridas emocionales y espirituales, y brindándonos herramientas basadas en la Palabra de Dios para encontrar restauración y paz. El objetivo es que, al finalizar esta semana, podamos experimentar una renovación profunda en nuestra relación con Dios y en nuestra vida cotidiana, viviendo con propósito y en armonía.

Día 1: El poder del perdón

 El perdón es la llave para liberarnos de la amargura

El resentimiento envenena el alma y nos aleja de la paz. Pero el perdón, al estilo de Cristo, rompe las cadenas de la amargura. Perdonar no es olvidar, es soltar el poder que el dolor tiene sobre nosotras y dejar que Dios sane nuestras heridas.

Versículo para memorizar:
«Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como también Dios os perdonó en Cristo» (Efesios 4:32).

Consejos:

  1. Ora por aquellos que te han lastimado. Pídele a Dios que sane tu corazón y te dé la fuerza para perdonar.
    «Bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian» (Lucas 6:28).
  2. Recuerda cuánto te ha perdonado Dios. La gracia que has recibido te ayudará a extenderla a los demás.
    «Perdonad, y seréis perdonados» (Lucas 6:37).
  3. Habla de tu dolor con Dios. No guardes tus sentimientos; entrégalos a Él, y deja que te sane.
    «Clamé al Señor, y me respondió; me libró de todos mis temores» (Salmo 34:4).

Día 2: La humildad abre puertas

El orgullo nos separa de los demás y de Dios. 

El orgullo endurece el corazón y nos impide ver nuestras necesidades. La humildad, en cambio, abre nuestras manos para recibir la gracia y el poder de Dios. Cuando somos humildes, permitimos que Dios trabaje en nuestro corazón.

Versículo para memorizar:
«Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (Santiago 4:6).

Consejos:

  1. Pide a Dios un corazón humilde cada día. Reconoce tus limitaciones y depende de Su gracia.
    «Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que Él os exalte cuando fuere tiempo» (1 Pedro 5:6).
  2. Practica la humildad en tus relaciones. Escucha más y habla menos, valorando la perspectiva de los demás.
    «No hagáis nada por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo» (Filipenses 2:3).
  3. Reconoce tus errores y pide perdón. La humildad se muestra en nuestra disposición a corregirnos.
    «Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados» (Santiago 5:16).

Día 3: Esperanza en las promesas de Dios

Cuando nos sentimos sin salida, la Palabra de Dios es un refugio

La desesperanza nos ciega y nos hace olvidar el futuro glorioso que Dios tiene preparado. Cuando ponemos nuestra confianza en Sus promesas, la esperanza renace y somos capaces de caminar con fe, aun en tiempos difíciles.

Versículo para memorizar:
«Porque yo sé los planes que tengo para vosotros, planes de bienestar y no de calamidad, para daros un futuro y una esperanza» (Jeremías 29:11).

Consejos:

  1. Medita en las promesas de Dios. Escribe un versículo que te inspire y léelo en momentos difíciles.
    «Las palabras del Señor son palabras puras, como plata refinada en horno de tierra, purificada siete veces» (Salmo 12:6).
  2. Recuerda los momentos en que Dios ha sido fiel en el pasado. Su fidelidad en el pasado garantiza Su fidelidad en el futuro.
    «Hasta aquí nos ayudó Jehová» (1 Samuel 7:12).
  3. Aférrate a la esperanza, incluso en la adversidad. Dios siempre está obrando, incluso cuando no lo ves.
    «Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve no es esperanza» (Romanos 8:24).

Día 4: Amor que vence el odio

Amar a los demás, incluso cuando no lo merecen, nos libera del odio que nos consume.

El odio nos destruye desde dentro, pero el amor de Dios nos transforma y nos libera. Amar, incluso a aquellos que nos han herido, es un reflejo del carácter de Cristo. Cuando amamos, sanamos.

Versículo para memorizar:
«Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios; todo aquel que ama, es nacido de Dios y conoce a Dios» (1 Juan 4:7).

Consejos:

  1. Ora para que Dios llene tu corazón de amor, incluso hacia los que te han lastimado.
    «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian» (Lucas 6:27).
  2. Demuestra amor a través de acciones. Haz algo bueno por alguien que te haya herido.
    «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber» (Romanos 12:20).
  3. Reemplaza pensamientos de odio por pensamientos de paz y amor.
    «Y el Dios de paz aplastará pronto a Satanás bajo vuestros pies» (Romanos 16:20).

Día 5: Gratitud que transforma

La envidia nos roba la alegría y nos hace enfocarnos en lo que no tenemos. Pero cuando practicamos la gratitud, nuestro corazón se llena de gozo y reconocimiento por las bendiciones que Dios ya nos ha dado.

Versículo para memorizar:
«Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para vosotros en Cristo Jesús» (1 Tesalonicenses 5:18).

Consejos:

  1. Escribe tres cosas por las que estás agradecida cada día. Esto cambiará tu perspectiva.
    «Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios» (Salmo 103:2).
  2. Agradece a Dios incluso en los desafíos. Confía en que Él está obrando para tu bien.
    «Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien» (Romanos 8:28).
  3. Expresa gratitud a las personas a tu alrededor. Un corazón agradecido siembra paz y alegría.
    «Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal» (Colosenses 4:6).

Día 6: El poder del servicio

Cuando servimos a otros, reflejamos el corazón de Jesús. El servicio desinteresado nos ayuda a salir de nuestro egoísmo y a ver las necesidades de los demás, llenándonos de un sentido profundo de propósito.

Versículo para memorizar:
«Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Marcos 10:45).

Consejos:

  1. Busca maneras pequeñas de servir en tu hogar, iglesia o comunidad.
    «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras» (Efesios 2:10).
  2. Hazlo todo con amor, sin esperar nada a cambio.
    «Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Colosenses 3:23).
  3. Ora para que Dios te guíe a servir donde más te necesiten.
    «Entonces oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí» (Isaías 6:8).

Día 7: Renovando nuestra mente en la Palabra

Los pensamientos negativos y destructivos pueden inundar nuestra mente, pero cuando la renovamos con la Palabra de Dios, experimentamos transformación. Nuestra mente alineada con Cristo nos capacita para vencer cualquier obstáculo espiritual.

Versículo para memorizar:
«No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta» (Romanos 12:2).

Consejos:

  1. Medita en la Palabra cada día. Que sea tu fuente de vida y sabiduría.
    «Bienaventurado el hombre que no anduvo en consejo de malos, sino que en la ley de Jehová está su delicia» (Salmo 1:1-2).
  2. Memoriza versículos clave que te fortalezcan en tiempos difíciles.
    «En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti» (Salmo 119:11).
  3. Llena tu mente de pensamientos positivos y alineados con la verdad de Dios.
    «Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre… en esto pensad» (Filipenses 4:8).

Cada día de reflexión, con sus consejos y versículos, te ayudará a vencer las batallas del alma y crecer en tu caminar con Dios. ¡Que estas palabras te inspiren y te guíen hacia una vida de sanidad y plenitud espiritual!

APRENDIENDO DE LOS NIÑOS

En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

Mateo 18:1-3

Hemos llegado a Octubre y en este mes celebramos a los Niños y las Niñas es un mes especial dedicado a esas pequeñas personas que llenan nuestras vidas de alegría y nuestros corazones de amor. Los niños, con su inocencia y pureza, nos enseñan grandes lecciones que a menudo olvidamos al hacernos adultos.

Como padres, tenemos la responsabilidad de guiar a nuestros hijos por el camino correcto, enseñándoles lo bueno, lo justo y lo verdadero. Ellos son un reflejo de nosotros mismos: nuestra forma de hablar, actuar y vivir. Los niños absorben lo que ven en casa y en su entorno. Por eso, debemos preguntarnos: ¿Qué les estamos enseñando? ¿Qué ejemplo les estamos dando?

Sin embargo, además de ser un reflejo de nosotros, los niños también son un reflejo de Dios. En su pureza, nos muestran algo que como adultos hemos perdido: la capacidad de confiar sin reservas, amar sin condiciones y vivir sin malicia. Jesús nos enseñó que debemos volvernos como niños para entrar en el Reino de los Cielos. Pero, ¿QUE PODEMOS APRENDER DE ELLOS?

Su capacidad de creer sin cuestionar (Mateo 18:3)

Los niños tienen una fe inquebrantable. No cuestionan, simplemente creen. Esta es la misma fe que tuvimos cuando aceptamos la salvación en Cristo. Creímos sin ver, aceptamos que nuestros pecados fueron perdonados y confiamos en que al morir, iremos al cielo. Pero, ¿por qué ahora nos cuesta tanto creer que Dios puede solucionar nuestros problemas actuales o hacer un milagro en nuestras vidas? Debemos aprender de los niños y volver a tener una fe pura y sin dudas.

Su manera de relacionarse con los demás (Santiago 2:8-9)

Los niños no discriminan ni juzgan. No les importa la apariencia, la ropa, el color de piel o el estatus social. Simplemente juegan juntos. Los adultos, en cambio, hacemos acepción de personas. Pero la Biblia nos enseña que el verdadero amor no hace distinciones. Necesitamos aprender de los niños a amar sin juzgar y tratar a todos con el mismo respeto, tal como lo haría Jesús.

Su manera de mantener limpio su corazón (Hebreos 12:15)

A pesar de los regaños o conflictos, los niños continúan amando, perdonando y sonriendo. Sus corazones están libres de amargura. Los adultos, por otro lado, solemos guardar resentimiento y nos cuesta perdonar. Los niños nos enseñan el valor de un corazón limpio, sin raíces de amargura que destruyen relaciones y momentos preciosos.

Su temor a la oscuridad (Juan 3:19)

Los niños le temen a la oscuridad y buscan la compañía de alguien que los proteja. Como adultos, a veces HACEMOS LO CONTRARIO, le tememos a la luz, porque nuestras obras no son agradables a Dios. Debemos aprender de los niños a temer la oscuridad de una vida sin Dios y buscar siempre la luz de Su presencia.

Reflexión final:

Dios nos llama a aprender de los niños, a recuperar esa pureza y sencillez que teníamos cuando éramos pequeños. Que podamos imitar su fe, su amor sincero, su capacidad de perdonar y su deseo de estar siempre en la luz. Solo así podremos acercarnos más al corazón de Dios y disfrutar de una vida plena en Su presencia.

Oración: Señor, hoy te agradecemos por los niños, quienes nos enseñan tanto con su vida. Ayúdanos a tener una fe como la de ellos, a amar sin distinciones y a mantener nuestros corazones limpios de amargura. Que busquemos siempre tu luz y vivamos con la misma inocencia y confianza que un niño. Renueva en nosotros esa pureza y sencillez que tanto agrada a tu corazón. En el nombre de Jesús, amén.

¿QUE ESTAREMOS HACIENDO MAL?

«Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.» (Mateo 7:7-8)

Es esencial preguntarnos: ¿Cómo está mi vida? ¿Cómo está mi relación con Dios? ¿Cómo está mi matrimonio? ¿Cómo está mi familia? ¿Cómo estoy en mis finanzas, en mi empleo, en mis negocios?

Si nos damos cuenta de que las cosas no han ido bien en las diferentes áreas de nuestra vida, debemos hacernos la pregunta más importante: ¿Qué estoy haciendo mal?

En los versículos de Mateo 7:7-8, encontramos una triple garantía que Dios nos da para nuestra vida: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.» Esta promesa es clara y directa, pero a menudo nos preguntamos: ¿Por qué no es una realidad en mi vida? ¿Por qué sigo sin recibir respuestas? ¿Por qué no encuentro la paz, el gozo, y la felicidad que busco?

Si pedimos y no recibimos, ¿qué estamos haciendo mal?

Pedir fuera de la voluntad de Dios: 1 Juan 5:14-15 nos recuerda que nuestras peticiones deben estar alineadas con la voluntad de Dios. Muchas veces pedimos cosas que no están dentro de Su plan para nosotros, y por eso no recibimos lo que pedimos. Necesitamos conocer y someternos a Su voluntad, buscando Su guía en nuestras vidas.

Pedir neciamente: Santiago 4:3-4 nos advierte que a veces pedimos con malas intenciones, buscando satisfacer nuestros propios deseos en lugar de glorificar a Dios. Cuando nuestras peticiones están centradas en nuestros propios placeres mundanos, no podemos esperar recibir una respuesta favorable de Dios.

Pedir con impaciencia: El Salmo 40:1 nos enseña la importancia de esperar pacientemente en el Señor. A menudo, nuestra falta de paciencia nos lleva a dudar y a apartarnos del camino correcto antes de que Dios pueda obrar en Su tiempo perfecto.

Si buscamos y no encontramos, ¿qué estamos haciendo mal?

Buscar en el lugar equivocado: En Lucas 24:5, los ángeles preguntan a las mujeres que buscaban a Jesús en la tumba: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?» A veces, buscamos soluciones y respuestas en lugares donde no las encontraremos, como en el dinero, las posesiones materiales, o las relaciones humanas. La verdadera paz, gozo y esperanza solo se encuentran en Dios.

Buscar con prioridades equivocadas: Mateo 6:33 nos recuerda que debemos buscar primero el reino de Dios y Su justicia. Cuando nuestras prioridades están desordenadas, es imposible encontrar la plenitud que Dios quiere darnos.

Si llamamos a la puerta y no se abre, ¿qué estamos haciendo mal?

Llamar a la puerta equivocada: Jesús nos dice en Juan 10:9 que Él es la puerta. Muchas veces, llamamos a puertas que no nos llevan a la vida que Dios quiere para nosotros, buscando ayuda en cosas o personas que no pueden darnos lo que necesitamos. Solo a través de Cristo encontramos el verdadero acceso a las bendiciones de Dios.

Oración: Señor, te agradezco por tu paciencia y tu amor incondicional. Reconozco que he cometido errores al pedir, buscar y llamar a puertas equivocadas. Hoy te pido que me guíes conforme a tu voluntad, que ordenes mis prioridades y me enseñes a esperar en ti con paciencia. Ayúdame a buscar primero tu reino y a tocar la puerta correcta, que eres tú, Señor. Te entrego mis preocupaciones, mis anhelos, y todo lo que soy, confiando en que en tus manos todo será transformado para bien. En el nombre de Jesús, amén.

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