DE CHATARRA A TESORO, EL AMOR REDENTOR DE DIOS

Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios. 1 Corintios 6:20

Según el diccionario, la chatarra es:

  • Escoria que deja el mineral de hierro.
  • Hierro o cualquier otro metal de desecho.
  • Aparato viejo o inservible.
  • Cosa de poco valor, especialmente monedas o bisutería.

Tomando estas definiciones, podríamos decir que la chatarra es algo considerado desecho, viejo, inservible y sin valor. En las calles de nuestras ciudades, es común ver personas que compran chatarra por un precio muy bajo. Sin embargo, esa chatarra no es restaurada, sino que es destruida, quemada y fundida para ser convertida en algo nuevo.

Hoy quiero hablarte de un Comprador de chatarra muy especial. Alguien que busca lo que el mundo ha desechado, lo que parece inservible, lo que ha sido golpeado por la vida y marcado por el pecado. Pero este Comprador no busca metales viejos, sino vidas rotas, corazones heridos, familias destruidas y almas que han perdido su valor a los ojos del mundo. Ese Comprador es Dios, y Él pagó el precio más alto por cada uno de nosotros.

1. Dios Nos Compró Cuando No Valíamos Nada para el Mundo (1 Corintios 1:26-29)

Nuestra vida sin Dios era como la chatarra: vil, menospreciada y sin esperanza. Sin embargo, Dios en su infinita gracia nos vio con otros ojos. Para el mundo podríamos ser un caso perdido, pero para Dios somos una joya de gran precio (Isaías 43:4). Como dice aquel himno: «Nadie pudo amarme como Cristo…»

2. Dios Pagó el Precio Más Alto (1 Pedro 1:18-19)

Quizás alguien alguna vez te dijo que no valías nada, que no daban ni un centavo por ti. Pero Dios pagó por ti con la sangre de su Hijo Jesucristo. Mientras el mundo invierte en aquellos que considera dignos, Dios invirtió en los pecadores, en lo más vil, en lo que parecía irremediablemente perdido (Romanos 5:7-8).

3. Dios Nos Redime y Nos Transforma (1 Corintios 6:9-11)

Si solo leyéramos 1 Corintios 6:9-10, podría parecer que no hay esperanza para nosotros. Pero el versículo 11 cambia toda la historia: «Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu de nuestro Dios.»

Dios no solo nos compra, sino que nos transforma. Lo que antes estaba roto, ahora es restaurado. Lo que el mundo desechó, Dios lo toma para su gloria. Ahora ya no reflejamos lo que el mundo hizo en nosotros, sino lo que el amor y el poder de Dios han hecho en nuestra vida (Salmo 126:1-3).

Si hoy te sientes como chatarra, si crees que tu vida ha sido destruida, si piensas que no hay esperanza para ti o para tu familia, quiero recordarte algo: Dios es el Comprador que busca lo que está perdido para darle un nuevo propósito. Él te dice hoy: «En mí está tu ayuda» (Oseas 13:9).

Ven a Él, entrégale tu vida, sin importar cómo esté. Porque en las manos de Dios, lo que el mundo llama chatarra se convierte en un tesoro eterno.

Oración Final

Señor, gracias por amarme cuando nadie más lo hacía. Gracias por ver en mí un valor que ni yo mismo podía reconocer. Hoy te entrego mi vida, mis errores y mis fracasos. Restaura lo que está roto en mí y haz de mi vida algo que te glorifique. En el nombre de Jesús, Amén.

¡Cuán Grande es Nuestro Dios!


«Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.»

Efesios 3:17-19


Al reflexionar en la grandeza de Dios, nos encontramos ante un amor que no tiene límites y un poder que transforma vidas. En Efesios 3:17-19, Pablo nos lleva a meditar en cuatro dimensiones que describen la obra de Dios: la anchura, la longitud, la profundidad y la altura. Estas dimensiones nos invitan a conocer más profundamente al Señor y su carácter, para que vivamos llenos de su plenitud.

1. La anchura: Un amor que abraza a todos

El amor de Dios no conoce barreras ni exclusiones. Juan 3:16 declara que «de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito». Esto significa que su amor está disponible para todos, sin importar raza, cultura, pecado o condición. No hay persona que quede fuera de su gracia.

Este amor ancho no solo abarca a los que parecen «buenos» o «dignos», sino que también incluye a los rechazados, los marginados y los que se sienten indignos. Dios desea que todos sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2:3-4).

Sin embargo, muchas veces somos nosotros, como creyentes, quienes estrechamos la anchura de este amor al rechazar a aquellos que necesitan de Dios. Necesitamos recordar que Jesús dijo: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). La anchura de su amor nos desafía a reflejar ese mismo amor hacia otros.

2. La longitud: La cercanía de un Dios siempre presente

En momentos de desesperación, parece que Dios está lejos. Sin embargo, la Escritura nos asegura que él está tan cerca como una oración sincera. No importa cuánto nos hayamos alejado, él siempre escucha el clamor de sus hijos. El salmista declara: «Tú oíste la voz de mis ruegos cuando a ti clamaba» (Salmos 31:22).

Dios es omnipresente; no hay lugar en el que podamos escapar de su amor. Salmo 139:7-10 dice que si subimos a los cielos o bajamos al Seol, él está allí. Incluso en nuestros momentos más oscuros, cuando todo parece perdido, Dios está a nuestro lado.

Esta cercanía nos invita a cultivar una vida de oración constante, confiando en que Dios no solo nos escucha, sino que también responde. Su longitud, es decir, su disposición para alcanzarnos sin importar dónde estemos, debe llenarnos de esperanza y confianza.

3. La profundidad: Un amor que rescata del abismo

Todos hemos tenido momentos en los que nos sentimos hundidos, ya sea por el peso del pecado, por problemas emocionales o por circunstancias que nos superan. Es en esos momentos cuando comprendemos la profundidad del amor de Dios, porque él desciende hasta el lugar más bajo para levantarnos.

El salmista clamó: «De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo» (Salmos 130:1). Este clamor expresa la realidad de alguien que está en el abismo de la desesperación, pero que encuentra en Dios un Salvador dispuesto a rescatarlo.

Aunque otros nos abandonen, Dios nunca nos deja. Aun cuando toquemos fondo y pensemos que no hay esperanza, Dios extiende su mano. Como dice Isaías 49:15: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz?… Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti”. La profundidad de su amor nos asegura que no hay lugar tan oscuro o profundo al que su misericordia no pueda llegar.

4. La altura: La victoria sobre cualquier circunstancia

Finalmente, la altura de Dios nos lleva a reconocer que no hay problema, crisis o dificultad que sea mayor que él. Muchas veces vemos nuestras circunstancias como gigantes imposibles de enfrentar, pero al elevar nuestra mirada a Dios, descubrimos que él es más grande que cualquier adversidad.

Jeremías 20:11 nos dice: «Mas Jehová está conmigo como poderoso gigante». Este versículo nos recuerda que Dios pelea nuestras batallas y que, en él, tenemos la victoria. Nada escapa a su poder, y no hay situación que esté fuera de su control.

Además, Dios tiene la última palabra en nuestras vidas. Mateo 28:18 afirma: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra». Esto nos da seguridad de que, aunque enfrentemos tempestades, Dios sigue siendo soberano y sus promesas nunca fallan.

Por estas cuatro dimensiones –su anchura, longitud, profundidad y altura– podemos decir con certeza: ¡Cuán grande es nuestro Dios! Él es incomparable, su amor es inmensurable, y su poder es infinito. Vivamos agradecidos y confiados en su grandeza, recordando siempre que no hay nadie como él (Éxodo 15:11).

Oración
Señor, gracias por tu inmensa grandeza y tu amor sin límites. Ayúdame a comprender más profundamente cada una de tus dimensiones: la anchura de tu gracia, la longitud de tu cercanía, la profundidad de tu misericordia y la altura de tu poder. Que mi vida sea un reflejo de tu amor y fidelidad. En el nombre de Jesús, amén.

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TRES REGALOS MARAVILLOSOS

a Tito, verdadero hijo en la común fe: Gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y del Señor Jesucristo nuestro Salvador. Tito 1:4

El saludo del apóstol Pablo en sus epístolas incluye tres palabras que, para nosotros los cristianos, representan preciosos regalos del Padre celestial y de nuestro Señor Jesucristo. Esta noche, mientras buscamos milagros y respuestas a nuestras peticiones, recordemos que ya hemos recibido tres regalos maravillosos que son de inmensa bendición para nuestra vida.

Misericordia (Tito 3:4-5)

La misericordia de Dios es su bondad manifestada en nosotros para salvación. No nos salvó por nuestras obras justas, sino porque tuvo misericordia de nosotros, pecadores perdidos sin esperanza. Su misericordia no solo se manifiesta en la salvación de nuestra alma, sino también en las nuevas oportunidades que nos brinda cada día (Lamentaciones 3:22-23). Todos los días, la misericordia de Dios está disponible para el pecador arrepentido (Jeremías 3:1, Amós 5:4).

Gracia (Tito 3:5-7)

Nuestros pecados nos declaran culpables delante de Dios, pero por su gracia somos justificados y declarados inocentes. La gracia de Dios no solo se manifiesta en nuestra salvación y justificación, sino también en los privilegios y favores que recibimos sin merecerlos (Génesis 39:20-23). La gracia de Dios abre puertas y nos da oportunidades que no podríamos alcanzar por nuestros propios medios (Salmo 103:4).

Paz (Romanos 5:1)

Por su misericordia, recibimos la salvación; por su gracia, somos justificados; y por eso, tenemos paz en nuestra vida. La mayor paz es saber que nuestro destino eterno está asegurado con el Señor (2 Corintios 5:8). También tenemos paz al saber que podemos poner todas nuestras cargas y preocupaciones en sus manos (Filipenses 4:6-7). Es una paz incomprensible que solo los hijos de Dios pueden experimentar.

Conclusión

Estos tres regalos—misericordia, gracia y paz—son más valiosos que cualquier otra bendición que podamos pedir. Si aún no has recibido a Cristo en tu corazón, invítalo hoy y experimenta estos maravillosos regalos en tu vida.

El Gozo de Agradar el Corazón de Dios

En Deuteronomio 28:8-13, encontramos la promesa de Dios de bendición sobre aquellos que le obedecen y siguen fielmente. Sus bendiciones incluyen prosperidad en todas las áreas de la vida: en los recursos materiales, en la reputación del pueblo, en la fertilidad y en la protección divina.

Para experimentar estas bendiciones, debemos entender cómo podemos agradar el corazón de Dios con nuestra vida. Primero, mediante la obediencia a sus mandamientos y caminando en sus caminos. Segundo, encontrando alegría y satisfacción en su presencia, deleitándonos en Él. Y tercero, manteniéndonos firmes en nuestra fe y en la comunión con Dios, permaneciendo en Él.

Al agradar el corazón de Dios de esta manera, experimentamos su bendición sobreabundante en nuestras vidas y glorificamos su nombre ante el mundo.

Oración: Padre celestial, ayúdanos a vivir vidas que te agraden. Que nuestra obediencia, nuestro deleite en ti y nuestra permanencia en tu presencia sean evidentes en todo lo que hacemos. Que experimentemos tus bendiciones sobreabundantes y seamos testigos de tu grandeza ante el mundo. En el nombre de Jesús, amén.

En la Barca con Jesús..

Marcos 4:38-40  Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? 39 Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. 40 Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?

Así como los discípulos enfrentaron una tormenta en el mar, nosotros también nos encontramos con situaciones difíciles. A veces, nos sentimos abrumados por las olas de la adversidad, el dolor y la incertidumbre. Pero al igual que Jesús calmó la tempestad con una palabra, podemos confiar en que Él tiene el poder de calmar las tormentas en nuestras vidas.

La autoridad de Jesús no se limita a los elementos naturales; también se extiende a nuestras enfermedades, nuestras luchas internas y nuestras necesidades más profundas. Nos invita a depositar nuestra confianza en Él y a acudir a Él en tiempos de necesidad.

Cuando enfrentemos las tormentas de la vida, recordemos que Jesús está con nosotros en la barca. No importa cuán fuertes sean los vientos ni cuán altas sean las olas, Él está en control. Nos invita a confiar en su autoridad y a mantener nuestra fe firme en medio de las pruebas.

Oración:

Amado Jesús, en medio de las tormentas de la vida, te buscamos como nuestro refugio y fortaleza. Confiamos en tu autoridad para calmar las aguas turbulentas que enfrentamos y para guiarnos con seguridad a través de cada desafío. Danos la fe para confiar en ti en todo momento y la paz que sobrepasa todo entendimiento. En tu nombre poderoso, amén.

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