¡Cuán Grande es Nuestro Dios!


«Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.»

Efesios 3:17-19


Al reflexionar en la grandeza de Dios, nos encontramos ante un amor que no tiene límites y un poder que transforma vidas. En Efesios 3:17-19, Pablo nos lleva a meditar en cuatro dimensiones que describen la obra de Dios: la anchura, la longitud, la profundidad y la altura. Estas dimensiones nos invitan a conocer más profundamente al Señor y su carácter, para que vivamos llenos de su plenitud.

1. La anchura: Un amor que abraza a todos

El amor de Dios no conoce barreras ni exclusiones. Juan 3:16 declara que «de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito». Esto significa que su amor está disponible para todos, sin importar raza, cultura, pecado o condición. No hay persona que quede fuera de su gracia.

Este amor ancho no solo abarca a los que parecen «buenos» o «dignos», sino que también incluye a los rechazados, los marginados y los que se sienten indignos. Dios desea que todos sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2:3-4).

Sin embargo, muchas veces somos nosotros, como creyentes, quienes estrechamos la anchura de este amor al rechazar a aquellos que necesitan de Dios. Necesitamos recordar que Jesús dijo: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). La anchura de su amor nos desafía a reflejar ese mismo amor hacia otros.

2. La longitud: La cercanía de un Dios siempre presente

En momentos de desesperación, parece que Dios está lejos. Sin embargo, la Escritura nos asegura que él está tan cerca como una oración sincera. No importa cuánto nos hayamos alejado, él siempre escucha el clamor de sus hijos. El salmista declara: «Tú oíste la voz de mis ruegos cuando a ti clamaba» (Salmos 31:22).

Dios es omnipresente; no hay lugar en el que podamos escapar de su amor. Salmo 139:7-10 dice que si subimos a los cielos o bajamos al Seol, él está allí. Incluso en nuestros momentos más oscuros, cuando todo parece perdido, Dios está a nuestro lado.

Esta cercanía nos invita a cultivar una vida de oración constante, confiando en que Dios no solo nos escucha, sino que también responde. Su longitud, es decir, su disposición para alcanzarnos sin importar dónde estemos, debe llenarnos de esperanza y confianza.

3. La profundidad: Un amor que rescata del abismo

Todos hemos tenido momentos en los que nos sentimos hundidos, ya sea por el peso del pecado, por problemas emocionales o por circunstancias que nos superan. Es en esos momentos cuando comprendemos la profundidad del amor de Dios, porque él desciende hasta el lugar más bajo para levantarnos.

El salmista clamó: «De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo» (Salmos 130:1). Este clamor expresa la realidad de alguien que está en el abismo de la desesperación, pero que encuentra en Dios un Salvador dispuesto a rescatarlo.

Aunque otros nos abandonen, Dios nunca nos deja. Aun cuando toquemos fondo y pensemos que no hay esperanza, Dios extiende su mano. Como dice Isaías 49:15: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz?… Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti”. La profundidad de su amor nos asegura que no hay lugar tan oscuro o profundo al que su misericordia no pueda llegar.

4. La altura: La victoria sobre cualquier circunstancia

Finalmente, la altura de Dios nos lleva a reconocer que no hay problema, crisis o dificultad que sea mayor que él. Muchas veces vemos nuestras circunstancias como gigantes imposibles de enfrentar, pero al elevar nuestra mirada a Dios, descubrimos que él es más grande que cualquier adversidad.

Jeremías 20:11 nos dice: «Mas Jehová está conmigo como poderoso gigante». Este versículo nos recuerda que Dios pelea nuestras batallas y que, en él, tenemos la victoria. Nada escapa a su poder, y no hay situación que esté fuera de su control.

Además, Dios tiene la última palabra en nuestras vidas. Mateo 28:18 afirma: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra». Esto nos da seguridad de que, aunque enfrentemos tempestades, Dios sigue siendo soberano y sus promesas nunca fallan.

Por estas cuatro dimensiones –su anchura, longitud, profundidad y altura– podemos decir con certeza: ¡Cuán grande es nuestro Dios! Él es incomparable, su amor es inmensurable, y su poder es infinito. Vivamos agradecidos y confiados en su grandeza, recordando siempre que no hay nadie como él (Éxodo 15:11).

Oración
Señor, gracias por tu inmensa grandeza y tu amor sin límites. Ayúdame a comprender más profundamente cada una de tus dimensiones: la anchura de tu gracia, la longitud de tu cercanía, la profundidad de tu misericordia y la altura de tu poder. Que mi vida sea un reflejo de tu amor y fidelidad. En el nombre de Jesús, amén.

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LO QUE NOS ENSEÑAN LOS TIEMPOS DE ADVERSIDAD.


«Cuando volvió Jesús, le recibió la multitud con gozo; porque todos le esperaban. Entonces vino un varón llamado Jairo, que era principal de la sinagoga, y postrándose a los pies de Jesús, le rogaba que entrase en su casa; porque tenía una hija única, como de doce años, que se estaba muriendo.»

Lucas 8:40-42

La adversidad es una experiencia universal que, en su esencia, representa situaciones difíciles que requieren de gran valentía y fortaleza para ser enfrentadas. En la vida de Jairo, un principal de la sinagoga, encontramos un ejemplo claro de cómo la adversidad puede llevarnos a un lugar de profunda comprensión y aprendizaje espiritual.

I. Lo Valioso Pierde su Valor

Cuando Jairo se encuentra ante la grave enfermedad de su única hija, se da cuenta de que su estatus social y su posición en la comunidad no tienen valor frente a la adversidad que enfrenta. En esos momentos, aprendemos que las cosas que el mundo valora, como el dinero, la fama o el poder, pueden desvanecerse. La vida nos enseña que hay cosas que el dinero no puede comprar.

II. La Importancia de Jesús

La adversidad nos lleva a reconocer la importancia de Jesús en nuestras vidas. Jairo, postrándose ante el Señor, comprendió que su poder era lo único que podía salvar a su hija. En tiempos difíciles, muchas personas se dan cuenta de su necesidad de Dios. Es un recordatorio de que no debemos esperar la adversidad para buscar a Jesús, sino que debemos cultivar una relación con Él constantemente a través de la oración y la adoración.

III. Caminar en Fe

Cuando Jairo recibe la noticia devastadora de la muerte de su hija, escucha las palabras de Jesús: «No temas; cree solamente». En momentos de adversidad, es esencial mantener la fe y confiar en las promesas de Dios, incluso cuando la situación parece desesperada. No permitamos que las circunstancias y las opiniones de otros nos desanimen; en cambio, caminemos en fe y confiemos en el poder de nuestro Señor.

IV. El Poder de Dios

Finalmente, Jairo experimenta la gloria de Dios cuando su hija es resucitada. Este milagro nos recuerda que, para Dios, no hay nada imposible. La adversidad se convierte en una oportunidad para ver Su poder en acción, para experimentar Su misericordia, y para fortalecer nuestra fe. Recordemos que las dificultades pueden ser tiempos de oportunidad para que otros vean el poder transformador de Cristo en nuestras vidas.

La adversidad no es solo un reto, sino una lección invaluable que nos enseña sobre el amor, la gracia y el poder de Dios. En cada prueba, tenemos la oportunidad de aprender y comprender cuán grande es nuestro Dios.

Oración

Señor, gracias por estar conmigo en cada momento de adversidad. Ayúdame a reconocer lo que realmente importa y a buscarte siempre, no solo en los momentos difíciles, sino en cada día de mi vida. Dame la fe para confiar en tus promesas y el valor para enfrentar cualquier desafío. Te agradezco por tu poder y tu misericordia. Amén.

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