LA FE QUE JESÚS VE

Y sucedió que unos hombres que traían en un lecho a un hombre que estaba paralítico, procuraban llevarle adentro y ponerle delante de él. 19 Pero no hallando cómo hacerlo a causa de la multitud, subieron encima de la casa, y por el tejado le bajaron con el lecho, poniéndole en medio, delante de Jesús. 20 Al ver él la fe de ellos, le dijo: Hombre, tus pecados te son perdonados.

Lucas 5:18-20

Cuando nos acercamos a Jesús en oración y súplica, Él no solo ve nuestras preocupaciones o nuestro dolor, sino que busca algo fundamental en nuestro corazón: nuestra fe. En Lucas 5, Jesús se fija no en la necesidad o el sufrimiento de un hombre paralítico, sino en la fe de quienes lo trajeron.

Esa es la fe que Jesús desea encontrar en cada uno de nosotros, una fe que va más allá del conocimiento, que nos mueve y que rompe cualquier barrera para buscar a Dios.

¿Como es la fe que Jesús ve?

Una Fe Real, No Teórica
Los fariseos y los doctores de la ley que rodeaban a Jesús conocían mucho sobre Dios, pero no creían verdaderamente en Su poder. Podemos conocer todas las promesas bíblicas, pero sin una fe genuina en quien las da, las promesas no tienen efecto. Jesús busca en nosotros una fe viva, no solo un conocimiento superficial.

Una Fe que Nos Mueve
Los amigos del paralítico no solo creyeron, sino que actuaron. Su fe los movió a llevar a su amigo a Jesús, sin importar los obstáculos. Esa fe que mueve montañas, primero debe mover nuestro corazón, impulsándonos a buscar y confiar en Jesús a pesar de cualquier dificultad.

Una Fe que Rompe Techos
Cuando no encontraron forma de entrar, estos hombres rompieron el techo para llegar a Jesús. ¿Qué techos debemos romper en nuestra vida para acercarnos más a Él? Quizá el techo de la comodidad, el desánimo o el temor a la crítica. Dios quiere que nuestra fe vaya más allá de los límites, que siempre busque Su presencia, sin rendirse.

    Oración
    Señor, aumenta mi fe y hazla una fe verdadera que te busque y confíe plenamente en Ti. Que nada me detenga para acercarme a Ti y vivir en Tu voluntad. Ayúdame a romper cualquier obstáculo que me impida verte y depender completamente de Tu amor y poder. Amén.

    CUANDO EL DESIERTO LO LLEVAMOS EN EL CORAZÓN

    “Pero he aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón”.Oseas 2:14:

    El desierto, en su forma física, es un lugar seco y árido, pero también simboliza tiempos difíciles en la vida espiritual de una persona. Estos tiempos de sequía espiritual pueden manifestarse como soledad, angustia, enfermedad, o escasez. Sin embargo, es en esos momentos que Dios nos lleva al desierto no para abandonarnos, sino para hablar a nuestro corazón y tratar directamente con nuestras vidas.

    A veces, el desierto no es externo, sino interno. Llevamos el desierto dentro de nosotros cuando nuestra alma está seca, sin vida, cuando hemos perdido la alegría y la comunión con Dios. Esto ocurre cuando nos hemos alejado de Su presencia, cuando los pecados y el enfriamiento espiritual nos han alejado tanto de Él que, aunque seamos cristianos, vivimos como si no lo fuéramos, enfocados solo en los placeres de este mundo.

    Dios, a través del profeta Ezequiel, nos da una poderosa imagen de lo que sucede cuando el desierto está dentro de nosotros. En Ezequiel 37, encontramos el valle de los huesos secos, una representación gráfica de la desesperanza y la muerte espiritual. Pero también vemos cómo Dios tiene el poder de dar vida a lo que parece estar completamente muerto y sin esperanza.

    ¿Qué significa llevar el desierto en el corazón?

    El desierto representa deshonra (Ezequiel 37:1-2):
    Los huesos secos esparcidos en el campo representan una profunda deshonra. Del mismo modo, en nuestras vidas, el desierto interior representa momentos en los que hemos deshonrado a Dios, a nuestra familia, o a nosotros mismos, viviendo sin temor de Dios, exponiendo nuestro enfriamiento espiritual.

    Los huesos secos simbolizan algo muerto por mucho tiempo (Ezequiel 37:2):
    Los huesos estaban secos en gran manera, indicando que habían estado muertos por mucho tiempo. Esto describe una vida que ha estado seca espiritualmente por un largo período, sin gozo, sin devoción, y sin comunión con Dios. Muchas veces nos dejamos secar como un desierto, perdiendo el contacto con lo que alguna vez nos dio vida.

    La respuesta a los huesos secos está en Dios (Ezequiel 37:3):
    Ezequiel no sabía si los huesos secos podían vivir, pero reconoció que solo Dios tiene la respuesta. De la misma manera, cuando sentimos que nuestra vida espiritual está muerta, solo Dios puede restaurarla. Él sabe exactamente lo que necesitamos para revivir nuestros corazones secos y volver a sentir Su presencia en nuestras vidas.

    El avivamiento viene a través del poder y la palabra de Dios (Ezequiel 37:4-5):
    Dios le ordena a Ezequiel que profetice a los huesos secos y les hable la palabra del Señor. La Palabra de Dios es lo único que puede dar vida a nuestro desierto interior. Si sentimos que estamos espiritualmente muertos, debemos volver a la Palabra de Dios, leerla, meditar en ella y dejar que nos transforme.

      Si hoy sientes que llevas el desierto dentro de ti, recuerda que Dios es el único que puede dar vida a esos huesos secos. Él puede transformar tu desierto en tierra fértil y hacer florecer tu vida nuevamente. Solo necesitas volver a Él, rendir tu corazón y permitir que Su poder te restaure.

      Oración: Señor, reconozco que he permitido que mi corazón se convierta en un desierto, que he dejado que mi vida espiritual se seque. Hoy vuelvo a Ti, pidiéndote que hables a mi corazón y le des vida a todo lo que está muerto en mí. Renueva mi espíritu, aviva mi fe, y lléname de tu gozo y tu paz. Te pido que me ayudes a caminar nuevamente contigo, fortalecido por tu Palabra y lleno de tu presencia. En el nombre de Jesús, amén.

      LO QUE NOS ENSEÑAN LOS TIEMPOS DE ADVERSIDAD.


      «Cuando volvió Jesús, le recibió la multitud con gozo; porque todos le esperaban. Entonces vino un varón llamado Jairo, que era principal de la sinagoga, y postrándose a los pies de Jesús, le rogaba que entrase en su casa; porque tenía una hija única, como de doce años, que se estaba muriendo.»

      Lucas 8:40-42

      La adversidad es una experiencia universal que, en su esencia, representa situaciones difíciles que requieren de gran valentía y fortaleza para ser enfrentadas. En la vida de Jairo, un principal de la sinagoga, encontramos un ejemplo claro de cómo la adversidad puede llevarnos a un lugar de profunda comprensión y aprendizaje espiritual.

      I. Lo Valioso Pierde su Valor

      Cuando Jairo se encuentra ante la grave enfermedad de su única hija, se da cuenta de que su estatus social y su posición en la comunidad no tienen valor frente a la adversidad que enfrenta. En esos momentos, aprendemos que las cosas que el mundo valora, como el dinero, la fama o el poder, pueden desvanecerse. La vida nos enseña que hay cosas que el dinero no puede comprar.

      II. La Importancia de Jesús

      La adversidad nos lleva a reconocer la importancia de Jesús en nuestras vidas. Jairo, postrándose ante el Señor, comprendió que su poder era lo único que podía salvar a su hija. En tiempos difíciles, muchas personas se dan cuenta de su necesidad de Dios. Es un recordatorio de que no debemos esperar la adversidad para buscar a Jesús, sino que debemos cultivar una relación con Él constantemente a través de la oración y la adoración.

      III. Caminar en Fe

      Cuando Jairo recibe la noticia devastadora de la muerte de su hija, escucha las palabras de Jesús: «No temas; cree solamente». En momentos de adversidad, es esencial mantener la fe y confiar en las promesas de Dios, incluso cuando la situación parece desesperada. No permitamos que las circunstancias y las opiniones de otros nos desanimen; en cambio, caminemos en fe y confiemos en el poder de nuestro Señor.

      IV. El Poder de Dios

      Finalmente, Jairo experimenta la gloria de Dios cuando su hija es resucitada. Este milagro nos recuerda que, para Dios, no hay nada imposible. La adversidad se convierte en una oportunidad para ver Su poder en acción, para experimentar Su misericordia, y para fortalecer nuestra fe. Recordemos que las dificultades pueden ser tiempos de oportunidad para que otros vean el poder transformador de Cristo en nuestras vidas.

      La adversidad no es solo un reto, sino una lección invaluable que nos enseña sobre el amor, la gracia y el poder de Dios. En cada prueba, tenemos la oportunidad de aprender y comprender cuán grande es nuestro Dios.

      Oración

      Señor, gracias por estar conmigo en cada momento de adversidad. Ayúdame a reconocer lo que realmente importa y a buscarte siempre, no solo en los momentos difíciles, sino en cada día de mi vida. Dame la fe para confiar en tus promesas y el valor para enfrentar cualquier desafío. Te agradezco por tu poder y tu misericordia. Amén.

      DERRIBANDO EL MURO DE NUESTROS LAMENTOS


      «Cuando Jesús salió del templo y se iba, se acercaron sus discípulos para mostrarle los edificios del templo. Respondiendo él, les dijo: ¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada.» Mateo 24:1-2

      En el año 70 d.C., las tropas romanas, bajo el mando de Tito Flavio, destruyeron completamente el Templo de Jerusalén, tal como Jesús había profetizado. Hoy, lo único que queda de ese majestuoso templo es el conocido Muro de los Lamentos, un lugar sagrado donde los judíos oran y lamentan su destrucción, esperando la reconstrucción. Para nosotros, como cristianos, este muro puede simbolizar algo más profundo: Nuestra vida espiritual que puede convertirse en un «muro de los lamentos» si no nos mantenemos conectados con Dios.

      Como el templo que quedó reducido a escombros, nuestra vida espiritual puede perder su esplendor cuando abandonamos nuestro primer amor. Si nos alejamos de la comunión con Dios y dejamos que el desánimo, la apatía o el pecado invadan nuestro corazón, solo quedan recuerdos de lo que un día fue una relación viva con Él.

      Muchos cristianos no se congregan ni buscan a Dios porque han levantado su propio «muro de lamentos». Se quejan de los errores y pecados de otros, de las fallas de los líderes o de las decepciones que han experimentado. Pero mientras se mantienen en ese muro, su vida y la de sus familias se deterioran espiritualmente.

      Dios nos llama hoy a dejar de lamentarnos y a derribar esos muros que nos impiden volver a Él. No podemos permitir que las excusas o los errores ajenos nos alejen de nuestra relación con Dios ni de la responsabilidad de guiar a nuestras familias por sus caminos.

        Oración

        Señor, reconozco que a veces he levantado muros de lamento en mi vida, permitiendo que las decepciones y las excusas me alejen de Ti. Ayúdame a derribar esos muros que me impiden avanzar en mi relación contigo. Renueva en mí el primer amor, que mi vida sea un reflejo constante de adoración y devoción. Guía también a mi familia, que juntos podamos caminar en tus caminos y no alejarnos de tu verdad. En el nombre de Jesús, amén.

        EL MEJOR CONSEJO

        «Venid, y volvamos al SEÑOR; porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará.»

        Oseas 6:1


        A lo largo de la vida, hemos recibido muchos consejos valiosos. Nuestros padres nos han animado a estudiar y aprovechar el tiempo; nuestros abuelos nos han advertido sobre las malas compañías.

        Sin embargo, hoy quiero ofrecerte el mejor consejo en el nombre del Señor: ¡Vuelve al Señor! Si te has apartado, regresa; si te has enfriado, vuelve al Señor.

        El versículo que hemos leído nos recuerda que no regresamos para ser lastimados, sino para que Él sane nuestras heridas y venda nuestro corazón. Es fundamental tomar este consejo en serio.


        Reflexión

        Hay dos maneras de volver a Dios, tal como se indica en Zacarías 11:7. El cayado del pastor se utiliza para atraer a las ovejas que se han alejado del rebaño. Dios tiene dos cayados que puede usar en nuestras vidas: uno se llama gracia y el otro ataduras. La pregunta es: ¿cuál de los dos deseas que use Dios en ti?

        Vuelve por el Cayado de la Gracia: Esto implica reconocer que te has apartado, que estás lejos de Dios, y con humildad buscar Su gracia y misericordia. Es esencial reconocer lo que hemos perdido por estar lejos de Dios.

        Vuelve por el Cayado de las Ataduras: En este caso, no regresas por tu propia voluntad, sino que eres llevado de regreso. Es crucial no tomar a la ligera lo que Dios está hablando a tu vida (Isaías 28:22). Si Dios te trae de vuelta, aunque luches, no tendrás la fuerza para soltarte (Lamentaciones 1:14).

          No pienses que puedes tomarte un tiempo para reflexionar sobre ello (Isaías 1:18; Isaías 55:6). Vuelve hoy al Señor, reconoce que te has alejado y que has enfriado tu vida espiritual. No esperes más.

          Si te sientes perdido, lejos de Dios, recuerda que Él quiere ser tu ayuda (Oseas 13:9). El cristiano que está lejos de Jesús no es nada (Juan 15:5). No te engañes pensando que puedes alejarte de Dios y que todo irá bien. La parábola del hijo pródigo es un espejo para cada uno de nosotros: quien se aleja del Padre celestial lo pierde todo (Lucas 15:14).

          Te invito a que tomes este consejo a corazón y vuelvas al Señor. Su amor y gracia están siempre dispuestos a recibirte. No importa cuán lejos te sientas, hoy es el día perfecto para volver a Su abrazo amoroso.

          Oración

          Señor, te agradezco por Tu gracia infinita y por la oportunidad de volver a Ti. Reconozco que a veces me he apartado y que he dejado que el frío espiritual me envuelva. Te pido que me perdones y que me ayudes a regresar a Ti con un corazón sincero. Que Tu amor me envuelva y me sane. Ayúdame a caminar contigo cada día, sabiendo que en Ti encuentro mi fortaleza y propósito. En el nombre de Jesús, amén.

          ¡NO TE RINDAS!


          «Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste; cada día he sido escarnecido, cada cual se burla de mí. Porque cuantas veces hablo, doy voces, grito: Violencia y destrucción; porque la palabra de Jehová me ha sido para afrenta y escarnio cada día. Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude.» Jeremías 20:7-9

          En momentos de prueba, muchos de nosotros hemos sentido la presión de rendirnos, tal como lo experimentó el profeta Jeremías. A pesar de su fidelidad a Dios, fue menospreciado y ridiculizado por quienes lo rodeaban. El dolor y la frustración lo llevaron a querer renunciar al llamado que Dios le había dado. Sin embargo, dentro de su corazón ardía un fuego que no podía ignorar: el fuego de la palabra de Dios y Su presencia inquebrantable.

          Este mismo fuego es el que hoy nos impulsa a no rendirnos cuando las circunstancias parecen abrumadoras. Al igual que Jeremías, enfrentamos desafíos, enfermedades, conflictos familiares, burlas y menosprecio. A veces, el peso de las cargas emocionales y espirituales nos lleva a pensar que no podemos seguir adelante. Sin embargo, dentro de nosotros habita el Espíritu Santo, quien nos recuerda que no estamos solos y que nuestras decisiones no solo nos afectan a nosotros, sino también a quienes nos rodean.

          Cuando pensamos en rendirnos, debemos recordar que nuestra lucha tiene un propósito mayor. Al igual que Nehemías le recordó al pueblo que peleaban por sus familias (Nehemías 4:13-14), nosotros también debemos pelear por aquellos a quienes amamos. Nuestra decisión de seguir adelante tiene un impacto en nuestros hijos, nuestra iglesia y aquellos que miran nuestra vida como un testimonio de la fidelidad de Dios.

          Además, Jesús nos invita a llevar nuestras cargas a Él (Mateo 11:28). Si nos sentimos abrumados, Él es nuestro refugio y descanso. En lugar de ceder a la presión de las dificultades, debemos acudir a Dios, entregarle nuestras preocupaciones y dejar que Su paz, que sobrepasa todo entendimiento, llene nuestros corazones.

          Finalmente, debemos recordar que no somos los únicos que enfrentamos pruebas. Muchos hermanos y hermanas en Cristo alrededor del mundo luchan contra adversidades aún mayores, pero continúan firmes en la fe. Como nos recuerda 1 Pedro 5:8-9, debemos resistir al enemigo y permanecer fuertes en nuestra confianza en Dios.

          Oración:

          Señor, en medio de mis pruebas y dificultades, reconozco que a veces siento el peso del desánimo y el deseo de rendirme. Sin embargo, te doy gracias porque dentro de mí hay un fuego que no se apaga, un recordatorio constante de Tu presencia y amor. Te pido que me des fuerzas para seguir adelante, confiando en que mis decisiones afectan no solo mi vida, sino también la vida de aquellos que me rodean. Ayúdame a poner mis cargas en Tus manos y a recibir la paz que solo Tú puedes darme. Fortaléceme para resistir y perseverar en la fe, sabiendo que Tú siempre estás conmigo. Amén.

          VOLVAMOS AL PRIMER AMOR


          «Escribe al ángel de la iglesia en Éfeso: El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro, dice esto: Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado. Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido.»
          (Apocalipsis 2:1-5)

          En estos tiempos, muchos cristianos han sido afectados por un virus espiritual llamado «enfriamiento espiritual». Este virus no muestra sus síntomas en el cuerpo, sino en el alma: disminuye el deseo de congregarse, apaga el amor por la Palabra de Dios, enfría la vida de oración y nos desvía hacia una vida mundana.

          Dios, en Su gracia, nos da el antídoto contra este enfriamiento: volver al primer amor. Este pasaje a la iglesia de Éfeso es un llamado urgente a examinar nuestros corazones, a reconocer que hemos caído en la rutina espiritual, y a arrepentirnos.

          1. Un corazón humilde para reconocer la caída

          Dios nos pide recordar «de dónde hemos caído» (Apocalipsis 2:5). Esto requiere humildad para admitir que nuestra vida no está mejor lejos de Dios. La clave para sanar el enfriamiento espiritual es darnos cuenta de que separados de Él, nada podemos hacer (Juan 15:4-5). Sin Su presencia, nuestra vida se seca espiritualmente, y perdemos las bendiciones que vienen con una relación cercana con Él.

          2. Un corazón arrepentido por nuestros errores

          Dios no solo quiere que reconozcamos nuestra caída, sino que también nos arrepintamos. El enfriamiento espiritual ocurre cuando nos desanimamos, cuando los afanes de la vida ocupan el lugar de Dios, o cuando caemos en pecado. Si hemos descuidado nuestra relación con Él, es momento de volver. A través del arrepentimiento sincero, Dios restaura nuestras vidas y nos devuelve el gozo de Su presencia.

          3. Volver a las primeras obras

          El Señor nos insta a hacer las primeras obras, aquellas que realizábamos con fervor y amor cuando recién conocimos a Cristo. Tal vez antes anhelabas pasar tiempo con Dios, amabas Su Palabra y servías con gozo. Es tiempo de regresar a ese amor genuino y apasionado, a una vida cristiana llena de fervor y devoción.

          El enfriamiento espiritual puede ser devastador, pero el Señor nos invita a volver a Él con humildad y arrepentimiento. Hoy, escucha la voz de Dios, vuelve a Su presencia y experimenta nuevamente el gozo de vivir en comunión con tu primer amor: Cristo Jesús.

          Oración
          Señor, reconozco que he dejado mi primer amor. Perdóname por haberme alejado de Ti, por haber permitido que los afanes y distracciones ocuparan el lugar que Te pertenece. Hoy, con un corazón humilde, vuelvo a Ti. Ayúdame a vivir cada día con el fervor y el amor que tenía al principio. Gracias por Tu gracia y misericordia que me restauran. En el nombre de Jesús, amén.

          EL REY NOS MANDÓ A LLAMAR

          El rey le dijo: ¿No ha quedado nadie de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia de Dios? Y Siba respondió al rey: Aún ha quedado un hijo de Jonatán, lisiado de los pies. Entonces el rey le preguntó: ¿Dónde está? Y Siba respondió al rey: He aquí, está en casa de Maquir hijo de Amiel, en Lodebar. Entonces envió el rey David, y le trajo de la casa de Maquir hijo de Amiel, de Lodebar.

          2 Samuel 9:3-5

          Hoy reflexionaremos sobre una historia llena de amor, restauración y esperanza, la historia de Mefi-boset, el hijo menor del rey Saúl. Aunque su vida fue marcada por la tragedia, la misericordia del rey David nos enseña lecciones profundas para nuestras propias vidas.

          Mefi-boset, un príncipe de Israel, lo perdió todo a causa de una caída que lo dejó lisiado. Pasó de vivir en un palacio a esconderse en Lodebar, un lugar desértico y sin esperanza. Su nombre mismo, que significa «el avergonzado», reflejaba su dolor y su condición.

          Quizás tú también has experimentado caídas que te han dejado lastimado, que han afectado tu caminar con Dios. Quizás has perdido tus sueños, tu alegría, o te sientes como si estuvieras viviendo en un «Lodebar» personal, un lugar de desolación espiritual.

          Pero hay una verdad que necesitamos recordar: el Rey no se ha olvidado de ti. Aunque todos te hayan dado la espalda, aunque te sientas avergonzado por tus errores, Dios sigue pensando en ti. Como Mefi-boset, a pesar de su condición, fue llamado por el rey David para restaurarlo, tú también eres llamado por Dios.

          El Rey te ha mandado a llamar. Él quiere devolverte lo que perdiste, lo que no disfrutaste por tus malas decisiones. Aunque te sientas indigno, aunque pienses que no lo mereces, Dios en su misericordia quiere restaurarte, quiere que vuelvas a sentarte a su mesa.

          Hoy es tu momento, no pierdas la oportunidad que el Rey te ofrece. No importa cuán lejos creas que has caído, el Rey te manda a llamar. Responde a su llamado, deja que Él restaure tu vida y te devuelva lo que es tuyo como hijo de Dios.

          Oración: Señor, gracias por tu amor y tu misericordia. Aunque a veces me siento indigno, sé que tú no te has olvidado de mí. Ayúdame a responder a tu llamado y a vivir la vida abundante que tienes para mí. Amén.

          TRES REGALOS MARAVILLOSOS

          a Tito, verdadero hijo en la común fe: Gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y del Señor Jesucristo nuestro Salvador. Tito 1:4

          El saludo del apóstol Pablo en sus epístolas incluye tres palabras que, para nosotros los cristianos, representan preciosos regalos del Padre celestial y de nuestro Señor Jesucristo. Esta noche, mientras buscamos milagros y respuestas a nuestras peticiones, recordemos que ya hemos recibido tres regalos maravillosos que son de inmensa bendición para nuestra vida.

          Misericordia (Tito 3:4-5)

          La misericordia de Dios es su bondad manifestada en nosotros para salvación. No nos salvó por nuestras obras justas, sino porque tuvo misericordia de nosotros, pecadores perdidos sin esperanza. Su misericordia no solo se manifiesta en la salvación de nuestra alma, sino también en las nuevas oportunidades que nos brinda cada día (Lamentaciones 3:22-23). Todos los días, la misericordia de Dios está disponible para el pecador arrepentido (Jeremías 3:1, Amós 5:4).

          Gracia (Tito 3:5-7)

          Nuestros pecados nos declaran culpables delante de Dios, pero por su gracia somos justificados y declarados inocentes. La gracia de Dios no solo se manifiesta en nuestra salvación y justificación, sino también en los privilegios y favores que recibimos sin merecerlos (Génesis 39:20-23). La gracia de Dios abre puertas y nos da oportunidades que no podríamos alcanzar por nuestros propios medios (Salmo 103:4).

          Paz (Romanos 5:1)

          Por su misericordia, recibimos la salvación; por su gracia, somos justificados; y por eso, tenemos paz en nuestra vida. La mayor paz es saber que nuestro destino eterno está asegurado con el Señor (2 Corintios 5:8). También tenemos paz al saber que podemos poner todas nuestras cargas y preocupaciones en sus manos (Filipenses 4:6-7). Es una paz incomprensible que solo los hijos de Dios pueden experimentar.

          Conclusión

          Estos tres regalos—misericordia, gracia y paz—son más valiosos que cualquier otra bendición que podamos pedir. Si aún no has recibido a Cristo en tu corazón, invítalo hoy y experimenta estos maravillosos regalos en tu vida.

          CARACTERISTICAS DE UN BUEN PADRE

          ¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿o si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? 12 ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? 13 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? Lucas 11:11-13

          Ser un buen padre va más allá de simplemente tener hijos. Es un rol que requiere dedicación, amor y la guía de Dios para impactar positivamente la vida de nuestros hijos. Un buen padre vale más que cien maestros, y su influencia se siente profundamente en la vida de su familia.

          Jesús enseñó sobre el amor y la provisión de un padre en Lucas 11:10-13. Este pasaje nos invita a reflexionar sobre cómo tratamos de dar lo mejor a nuestros hijos, sembrar buenas semillas en sus corazones y protegerlos de las influencias negativas.

          I) Un buen padre trata de darle lo mejor a sus hijos (Lucas 11:11-12)

          Un buen padre da un ejemplo de honradez, esfuerzo, buen trato a las personas y, principalmente, de temor a Dios. No debemos dar a nuestros hijos cosas que puedan dañarlos, como malos hábitos o vicios, sino dedicarles nuestro tiempo, aconsejarlos, escucharlos y disciplinarlos con amor.

          II) Un buen padre siembra buenas semillas en el corazón de sus hijos (Mateo 13:26-28)

          Todo lo que sembramos, cosechamos. Si sembramos amor, cosecharemos amor. Si sembramos indiferencia, eso mismo recibiremos. Satanás siempre intentará sembrar cizaña en el corazón de nuestros hijos, pero la buena semilla que plantamos debe ser más abundante y fuerte. Debemos sembrar amor, confianza, respeto, dedicación y amistad en sus corazones.

          III) Un buen padre cuida de su familia (Mateo 24:43)

          Debemos cuidar a nuestra familia más que a las cosas materiales. Las brechas en nuestro hogar, como la falta de oración, malas influencias y permisividad hacia el pecado, permiten que el enemigo destruya nuestra familia. Como padres, debemos despertar y pararnos en la brecha por nuestros hijos, defendiendo el hogar de las influencias negativas y orando fervientemente por ellos.

          Un buen padre no huye de sus responsabilidades ni permite que el enemigo destruya su familia. En lugar de eso, se para en la brecha, ora, y actúa para proteger y guiar a sus hijos en el camino del Señor.

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